✅ https://youtu.be/sW8JcwtCOAk
Si Jeffrey Epstein tenía una isla el ex amigo de #frankcuesta también tiene un espacio donde se concentra lo mejorcito de cada casa y de su madre y a la vista de lo vivido tenemos claro que no se trata de que si no de quien. Este recinto particular que no es una reserva natural privada ni un prao sin cafeteria ni elefantes se encarga de concentrar y reclutar a lo más florido y granado de las redes sociales, con la salvedad de que es un fracasado sin patrimonio, credibilidad y por supuesto sin relevancia alguna aunque se proclama como el activista numero uno de los animales pero sin envidia eeeh y que tiene que recurrir a este tipo de comportamiento deleznable para sentirse útil, valorado y profundamente reconocido. La mezquindad, en su estado más puro y absoluto, no es un mero defecto del ser humano de carácter pasajero que se quita con agua y jabón, ni un arrebato puntual motivado por las circunstancias; es una condición de algo muy miserable, un poso denso y oscuro que se asienta en el fondo de personitas que se tiñe con cada pensamiento, cada palabra y cada acción que realizan con suma destreza. Es la incapacidad congénita para alegrarse del éxito de la propia vida ante la necesidad imperiosa de empequeñecer al resto para sentirse, por un instante, un poco menos insignificante o tal vez ruin y menos miserable. Quien convive con esta mezquindad profunda y absoluta no concibe la existencia de un lugar donde diversas formas de vida y de proyecto puedan coexistir, sino como un juego de suma cero, un tablero de ajedrez donde el avance de las piezas implica necesariamente la captura y aniquilación de las otras. Su mirada del mundo observada a través de una pantalla deformada por la envidia, el odio y el resentimiento lo convierte en un arma de construcción masiva de ruina, lamentable. No se trata solo de desear lo que el otro tiene, sino de desear activamente que el otro deje de ser quien es y que sea despojado de su dignidad, de su orgullo, de sus logros, objetivos conseguidos, de su reconocimiento, de su propia identidad y de ser lo que es y quien es. Es el pulsó constante de ver al genera y construye, destruido, humillado en el suelo y a ser posible enterrado, al íntegro manchado o al que trabaja envilecerlo. Y cuando este individuo, es portador de la ruindad en su grado más álgido, encuentra un objetivo que por su propia naturaleza desafía su miserable existencia, la maquinaria del odio se pone en marcha con una precisión diabólica de lo que no eres y nuca serás.
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